Conmovedora historia que busca la fina linea entre lo humano, lo legal y lo ético.
Cáceres despertó en el trayecto cuando lo trasladaban a Arequipa. «Me dijeron que habían llamado a mi familia. No sentía dolor. No me daba cuenta de lo que estaba pasando”, rememora.
Carlos es médico odontólogo, proviene de una familia de galenos y enfermeras. Tenía 49 años cuando ocurrió el accidente. Trabajaba en el hospital del Ministerio de Salud de Mollendo, a una hora de la Ciudad Blanca. No todo iba bien en su vida. Estaba separado de su esposa, con quien tenía un hijo de 9
años. Semanas antes había decidido recuperarlos, pero el accidente cambió todo el panorama.
Al hospital de EsSalud llegó consciente. Uno de sus hermanos lo tomó de la mano para revisarlo. “Levantó mi brazo hasta arriba para ver si lo podía sostener en el aire, pero este cayó abruptamente sobre la camilla. Me di cuenta que solo podía mover la cabeza. Nos miramos. Lo vi llorar. Imaginé lo que estaba pasando. Perdí la conciencia”. Carlos quedó en coma por un mes.
Su diagnóstico fue “Cuadriparesia espástica”. Este es un trastorno motriz, uno de los más limitantes y graves. Crea secuelas irreversibles, además de “déficit cognitivo, visual, de lenguaje y auditivo”. Al despertar del coma se sometió a una rehabilitación de seis semanas en una clínica de Lima. Le dieron de alta con un diagnóstico nada favorable. Los médicos le dijeron que no volvería a caminar, mover los brazos y toda función motora. La desesperación lo llevó a hacer algo insospechado: querer donar un riñón a cambio de que le financien un tratamiento que le devuelva la movilidad.
POR CÉLULAS MADRE
Carlos publicó una polémica oferta por internet el 22 de mayo pasado. Su anuncio es breve, pero impacta: “Soy una persona sana y deseo donar-vender uno de mis riñones por motivos personales y también ayudar en la calidad de vida de las personas”. Escribe su correo y número de celular.
Intento conocer su historia. Lo llamo por teléfono. Le digo que estoy interesada en la propuesta y él reafirma el ofrecimiento, pero no me dice cómo será la transacción.
Por correo justifica su acto: «Ayudar la calidad de vida de las personas y la mía. Me gustaría saber todo sobre usted. Propuestas, para quién (es el riñón), por qué y de quién se trata. Mis intenciones son serias y honestas. Gracias”, dice su misiva.
Carlos vive en Miraflores. Me cita a su casa. Dice que no puede salir de ella. Una señora que hace limpieza y atiende a la familia me abre la puerta y me dice que el doctor me recibirá en su cuarto. “¿Por qué, no puede bajar?”, interrogo con algo de miedo. “Él está enfermo, no se puede mover”, me aclara.
Carlos ahora tiene 52 años. Está recostado en su cama y a sus pies tiene una pelota terapéutica con la que hace ejercicios diarios.
¿Usted quiere vender su riñón? Pregunto de frente. “Quiero donarlo y me gustaría que quien lo tenga me ayude a mejorar mi vida. Sería una ayuda mutua: yo le doy vida y a mí me devuelven salud. Quiero volver a mover mi cuerpo”, subraya. Carlos quiere que el “comprador” de su órgano le solvente un tratamiento de células madre que le permita recobrar movilidad. Este consiste en extraerlas de un organismo sano para implantarlas en zonas deterioradas del cerebro. Se dice que por medio de ellas, a futuro, se podrá curar el parkinson y alzheimer.
Carlos está seguro que esa es la mejor alternativa para aminorar su mal, aunque ese tipo de tratamientos aún no se da en Perú.
El accidente dañó su médula. Quedó postrado en cama sin movimiento alguno por ocho meses. “Los médicos dijeron que no había solución, pero yo no creo eso. Sé que puedo mejorar”, insiste. No posee muchos recursos económicos, solo el que le ha dejado la pensión como médico. Desde el siniestro sus hermanos lo ayudan, pero no es suficiente. El Afocat jamás lo indemnizó.
Es la primera vez en tres años que Carlos recibe en su casa a alguien desconocido. Pese a su desconfianza, mientras conversamos en su habitación, me demuestra que hay cosas que la ciencia descarta, pero que la voluntad cambia. Puede mover de manera discreta ambos brazos, también dobla las piernas e incluso puede levantarse con mucho esfuerzo de la cama, pero no puede sostenerse en pie solo. Aclara que su mal, a diferencia de la cuadriplejia, contrae los músculos de forma extrema. El solo intentar estirarlos provoca dolores terribles.
¿Cómo pudo lograr estos avances? Le pregunto. “Mis amigos dicen que soy un milagro de Dios. Luego del accidente no podía ni hablar. Me miro ahora y creo que es verdad”, dice con sonrisa franca. Su habitación es un pequeño centro de oración. Hay imágenes del Divino Niño, la Virgen de Copacabana y la Virgen de Chapi. Es un hombre de fe. Él aún no sabe que soy periodista y cuando lo escucho hablar sin tabúes siento que le estoy jugando chueco.
¿No cree que si le extraen un riñón su vida se deterioraría? Le digo. “No creo, la doctora que me trata dice que todos mis órganos están en excelente estado. La gente puede vivir con un solo riñón”.
¿Sabe que si hacemos esto sería un delito? Insisto. “No, porque lo voy a donar, no pienso recibir dinero, solo el tratamiento”, arguye con sorprendente inocencia. César luego me dice que si no tengo dinero y algún familiar mío necesita su riñón con urgencia también me lo donaría. “Ya no tengo nada que perder”, señala.
¿Su familia sabe lo que está haciendo? “No, les causaría un dolor profundo. Quiero recuperarme por mi cuenta. Ellos ya han hecho mucho”, señala.
PRÁCTICA ILEGAL
Carlos desconoce que en Arequipa solo se hacen trasplantes de pacientes cadavéricos, aquellos con muerte cerebral. La práctica en donantes vivos se restringió hace varios años para salvaguardar la vida del donante, aclara el médico nefrólogo Alexander Gómez. El primer y único caso de este tipo involucró a una pareja de enamorados mollendinos. Él le donó un riñón a ella.
Las intervenciones solo se concretan en el hospital nacional Carlos Alberto Seguín Escobedo (Case) de EsSalud, bajo protocolos estrictos. En Arequipa solo cinco médicos cardiovasculares hacen estas operaciones, comenta Gabriela Rosenberg Paz, jefa de Procura. Actualmente hay 30 pacientes en lista de espera que necesitan con urgencia un riñón. En diálisis hay 500 que necesitarán de una intervención parecida.
Carlos también ignora que al ofrecer su órgano por internet comete un delito. La ley general castiga el tráfico con pena privativa de libertad no menor de tres años ni mayor de seis años. La sanción es mayor cuando se trata de profesionales o funcionarios ligados al sector salud. Cuando le explico de estos peligros, Carlos empieza a cambiar de idea. Al menos unas diez personas le han llamado y escrito al correo desde que publicó su aviso. “Pero ninguno se animó a hablar directamente. Algunos solo preguntaban y quedaba allí. Incluso me ofrecieron prestarme dinero porque piensan que paso por apuros económicos extremos”, comenta.
“Fue en un momento de impotencia en el que decidí hacerlo”, explica. Él había planeado buscar a un médico de clínica para que le haga los estudios de compatibilidad y el trasplante. El tratamiento de células madre podría ser en el extranjero, pensó.
Carlos Cáceres no es su nombre verdadero. Cuando acaba de contarme su historia, le confieso que soy periodista. Él sonríe resignado y me pide que no revele su identidad. Acepto.
Más interesados en vender sus órganos
En la web hay otros avisos de personas dispuestas a vender sus órganos a cambio de dinero.
“Hola, soy de Arequipa-Perú y por problemas económicos vendo mi riñón. Soy mujer de 35 años muy sana, sin vicio alguno, madre soltera de un niño sano de 12 años. Vivo en Arequipa-Perú, por motivos que puedo explicar personalmente es que me atrevo a vender un órgano mío. Precio en soles. Mi tipo de sangre es universal. Por favor contactarse y cuenten con mi discreción”. La República intentó comunicarse con estas personas, pero ninguna a excepción de Carlos respondió. Sobre donación de órganos han surgido modificaciones en la legislación. La normativa ha contemplado de forma excepcional trasplantes de seres vivos que tengan hasta cuarto grado de consanguineidad; es decir, padres, hermanos, sobrinos, primos y tíos.
Bajo ese criterio, EsSalud evalúa dos casos puntuales. En el primero una mujer le donaría un riñón a su hermana, y en el segundo, un tío a un sobrino.


