Abandono, olvido y prisión en pabellón de pacientes psiquiátricos

Sentado en un sofá frente a un televisor, su tierna mirada atrae la atención. Es Goyo,quien estrecha mi mano y sonríe. Después de segundos nuevamente me saluda, un acto que podría repetirse durante todo el día. Padece de retardo mental y epilepsia secundaria. Tiene 60 años de edad.

Pero la historia de Goyo va más allá de su problema de salud mental. Hace 34 años su madre lo trajo desde Sandia – Puno y lo dejó en la Unidad de Psiquiatría del hospital Honorio Delgado. La mujer nunca regresó por él. Goyo es el paciente más antiguo de la unidad. En las noches llora, añorando a su madre, y pide con lágrimas regresar a casa.

Y Goyo no es el único: existen otros 5 casos de pacientes en abandono moral (sin familia). Gracias a la medicación podrían vivir en sus hogares sin representar peligro alguno, pero simplemente son rechazados.

En este pabellón se encuentran historias de 32 hombres y mujeres cuya apariencia física no refleja padecimiento mental que los obliga a aislarse de la realidad, del dolor, del olvido familiar e incluso de la ley.

Otra historia es la de «Nene» con 28 años a cuestas. Su madre lo abandonó al nacer. En su ficha médica se le colocó NN y por eso las enfermeras le pusieron el apelativo de «Nene».

Es sordomudo y tiene retardo mental, una enfermedad degenerativa del cerebro que le impide desarrollar sus labores. Su aprendizaje es lento y puede reaccionar con violencia. Su vida transcurrió en varios albergues y hace tres años vive en este pabellón.

CONDENA EN EL HOSPITAL

José trabajaba como vigilante. Cayó de cabeza a un buzón sin tapa y jamás volvió a ser el mismo. Fue diagnosticado con trastorno mental orgánico. La patología se genera a raíz de un accidente o tumor cerebral: las alteraciones en la personalidad y comportamiento son irreversibles.

En abril del 2013 llegó a la unidad de psiquiatría por mandato judicial: lo acusaron de violar a un menor de edad. Se recuperó en 45 días, pero el juez dispuso que permanezca en el establecimiento indefinidamente.

La misma situación la afronta Publio, un economista internado desde el 2003 en el pabellón. Padece de esquizofrenia, un mal que altera la percepción de la realidad. Sufre de alucinaciones, cambios de conducta radicales, además de irritabilidad y agresividad.

Se encuentra recluido en el área por parricidio y aunque conversa con claridad, cuando se le pregunta por el delito que cometió, enmudece y después de un largo silencio solo dice: «No recuerdo nada».

En total, el 50% de las camas del área alberga a pacientes por mandato judicial, 5 casos se encuentran aptos para salir en libertad o retornar a la cárcel, pero elPoder Judicial no se pronuncia al respecto. Entre los pacientes hay violadores y homicidas, y solo un custodio para vigilarlos. La falta de seguridad es evidente para el personal.

El otro abandono es del Ministerio de Salud. El área recibe 6 rollos de papel higiénico por mes y, ante la precariedad, el personal compra los útiles de limpieza para los internos.

FAMILIAS LEJANAS

Alicia (41) es de Mollendo y padece de esquizofrenia. Hace 412 días que no ve a su familia. Tras su recuperación, una trabajadora social la ayudó a regresar a casa, pero su familia le cerró las puertas y se niega a recibirla. Como se ve, no siempre el problema es solo del paciente.

EL OLVIDO ES PEOR QUE EL ENCIERRO
PAULA VIZCARRA. Psiquiatra

Tener un familiar con un problema mental implica un reto de amor, paciencia y voluntad. Decenas de familiares que acuden con los pacientes a las consultas médicas se quejan y maldicen por el trastorno, y creen que encerrándolos se curarán.

Actúan por ignorancia, exigen tomografías para ver el grado de la enfermedad, cuando se trata de un trastorno que requiere evaluaciones a través de test y otros estudios.

En la actualidad, gracias a la medicación, los pacientes pueden llevar una vida tranquila, pero los fármacos son un tratamiento de por vida, no son opcionales. Dejar de darles una dosis puede acarrear la recaída de la enfermedad.

En la Unidad de Psiquiatría se ven casos de personas que añoran los abrazos y caricias de sus allegados, pero en lugar de eso, el olvido de sus familiares los deprime, afectándolos en el proceso de recuperación. Por eso consideramos que el olvido es peor que el encierro.

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